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El miércoles en cambio fue un día muy distinto. Las nubes cubrían el cielo irradiando una luz blancuzca uniforme. Un poco de niebla, un poco de brisa, un poco de lluvia, y yo, muy  mal vestido para la ocasión… en shorts y camiseta. Ya sabía que me iba a mojar, pero esta vez sin sol y con unos 7 grados centígrados menos que el día anterior. “No está haciendo frío”, me decía a mi mismo, “Espíritu sobre mente, y mente sobre cuerpo”.

Para llegar al Parque Nacional do Iguaçu -lado brasilero- se puede tomar un bus en la terminal que desde Puerto Iguazú -lado argentino- sale a $50 pesos ida y vuelta (Un poco más de 10 dólares). Una vez en el parque, se deberá pagar una entrada “básica” que cuesta unos $130 pesos (Unos 30 dólares). Después de pagar, me encontré con mi primera sorpresa: Una vez entras debes subir en un bus – a veces articulado y otras veces de dos pisos – el cual te llevará a cada una de las paradas del parque.

El bus hará cuatro paradas. La primera se llama ‘Parada Trilha de Poço Preto’, la cual es un camino de 9 kilómetros que se puede hacer en bicicleta o a pie en la cual uno se adentra en la jungla y tiene la posibilidad de encontrarse con algunos animales salvajes de la zona, llegando al final a la parte alta del río Iguazú en donde se podrá hacer un paseo en Kayak. El único problema es que este recorrido tiene un costo adicional de $80 Reales (alrededor de 40 dólares), pues es un recorrido opcional y no está incluido en la entrada.

Lo mismo pasa con la siguiente parada del bus llamada ‘Parada Macuco Safari’ en la cual tienes la opción de acceder a un camino llamado ‘Passeio das Bananeiras’ en el cual se hace un recorrido de 1,6 km y luego se toma un bote para realizar un paseo en la parte alta del río Iguazú; o se realiza un paseo en carro eléctrico que lo lleva a uno hasta la parte baja del río en donde se toma un bote a motor que lo acercacará a la base de las cataratas del lado de Brasil. Estas actividades también tiene un costo adicional.

La tercera parada se llama ‘Trilha das Cataratas’. Allí se accede a un sendero desde el cual se obtiene una vista panorámica de las cataratas, o también se puede llegar a una base donde los guías de aventura le ofrecerán hacer Canopi, Rappel o Rafting, por supuesto, por un costo adicional.

Finalmente, la última parada del bus, es la de la ‘Estaçâo Espaço Porto Canoas’, donde se encuentra ubicado el restaurante y una plazoleta de comida rápida, se tiene acceso a un muelle en donde se puede comer, mientras se ve el inicio de la Garganta del Diablo; o se puede caminar hasta los ascensores que lo llevarán a a uno a apreciar la majestuosidad de las Cataratas de Iguazú, en el otro extremo de la ‘Trilha das Cataratas’. Afortunadamente esto sí está incluído en la entrada, y quizá sea lo único… por eso mismo bauticé al precio de la entrada al parque como entrada “básica”. Si vas al lado brasilero, no olvides llevar entonces tu tarjeta de crédito, porque la necesitarás y no querrás pagar en pesos argentinos porque la tasa del cambio dentro del parque no te favorecerá en lo absoluto.

En el bus conocí un grupo de jóvenes noruegos que estaban de excursión en las cataratas. Me quedé hablando con ellos y bajamos en la última estación. Allí observamos rápidamente a nuestro alrededor y nos dirigimos hacia el observatorio de las cataratas, una estructura que posee ascensores para bajar a los muelles que te permiten ver y sentir las cataratas de Iguazú, pues literalmente caminarás por encima de un par de ellas. El gris del cielo y la brisa que se desprende de las cataratas, sobre el fuerte verde de la vegetación que crece en las rocas del río formaba una imagen salvaje, un escenario distinto del que tuve el soleado día anterior, más dramático, más transgresor… las cataratas con otra cara, distinta, pero igualmente espectacular… y sí, la brisa te va a emparamar, así que es bueno que lleves una capa en tu maleta.

Después de compartir un rato con mis compañeros de noruega, decidí que era tiempo de despedirme para poder seguir el camino y ver qué más tenía el parque por ofrecer. En vez de volver por los ascensores tomé el acceso de abajo hacia la ‘Trilha das Cataratas’, un angosto sendero con subidas y bajadas pronunciadas y algunas escaleras, que te lleva por el lado del cañón del Río Iguazú y te permite ver otros saltos de agua que en cantidad oscilan entre los 150 y los 270 saltos, de acuerdo a la estación del año y el caudal del río. Vale la pena mencionar que lo grandioso de este lado es que te permite contemplar casi el 100% de las cataratas, pues casi el 80% de los saltos se encuentran del lado argentino, lado que uno está viendo de frente desde el brasilero. En el camino me encontré a un par de coatíes, entre ellos uno muy amigable que se dejaba acariciar por un grupo de turistas. Ojo, no es lo más recomendable pues es posible que algunos de ellos puedan transmitir enfermedades como la Rabia.

Tras observar varios de los saltos y sacar las cientos de fotos que estaba tomando, llegué a la base de los guías de Rappel y me dije: “Bueno, cuantas veces en la vida tengo la oportunidad de descender 55 metros colgado de una cuerda en el cañón del río Iguazú observando los increíbles saltos de agua”.  Como la respuesta estaba muy cercana al 1 no dudé y decidí pagar $70 Reales por esta aventura (unos 35 USD). Antes de iniciar el descenso decidí ir al baño… no quería correr el riesgo de que pasara algo y terminara ¡orinando en mis pantalones! Los baños más cercanos de este punto se encuentran en la base de Canopi, y después de recorrer unos 600 metros en un sendero de madera desde el que vi un armadillo, llegué a un complejo de cabañas muy bien adaptado para la aventura y, por supuesto, a los baños.

Regresé a la plataforma de Rappelling, y me puse mi equipo. Una vez enganchado a los cables me di media vuelta y bajé un escalón, el único que lo separa a uno de los 55 metros de vacío que hay sobre el cañón del río. Mi guía me sacó un par de fotos y desde allí me dijo: “buena suerte, si tienes cualquier problema bajo”. Empecé mi descenso, grabé un poco con la GoPro que llevaba en mi muñeca y después sólo disfruté. La sonrisa se me dibujó sola en la cara. Flotando allí, en medio del cañón, sobre las piedras del río Iguazú y con las cascadas de fondo, la mente se despeja. No tienes que pensar en nada, sólo admirar, dejarte invadir por la sensación de regocijo. Allí recuerdas quién eres, lo grande que es el mundo, lo maravilloso de lo que te rodea. Es en este espacio donde puedes aquietar tu mente y dejar que tu ser se invada por un amor sublime. La experiencia es corta, pero gratificante. Una vez en el lecho del río uno de los guías que se encontraba abajo sosteniendo la cuerda por seguridad, para bloquearte en caso de que cualquier cosa salga mal, le señala a uno unas escaleras en forma de caracol para que asciendas los mismos 55 metros que acabas de descender… sí, a pie. Como dice el refrán “todo lo que sube tiene que bajar”, en este caso “todo lo que baja tiene que subir”.

Una vez arriba, sudando a pesar del frío día, retomé mi maleta y mi camino. Tenía hambre, así que me dirigí a la plazoleta de comidas en la Estaçâo Porto Canoas, en donde me pedí el menú Yacaré, una hamburguesa con queso y tocineta, acompañada de papas fritas y una gaseosa de Guaraná, que puede llegar a costar unos 20 dólares. Con mi pedido en la bandeja me dirigí hacia una de  las mesas del muelle con vista a la Garganta del Diablo. Pero yo no era el único interesado en mi comida… una manada de coatíes me esperaba ansioso para robarse mi costoso almuerzo. Uno incluso salto sobre la mesa. Me paré de un salto con mi bandeja (mía, mía), me alejé un poco mientras me seguía, hasta que uno de los guardias del lugar los espantó. Los coatíes son insistentes, así que a pesar de alejarse por unos segundos, vuelven a pasearse por el comedor en busca de cualquier sobra de comida que haya quedado mal ubicada.

Después de almorzar y casi a punto de que cerraran el parque decidí volver a las plataformas para observar por última vez las cataratas desde este punto privilegiado. Afortunadamente lo hice, ya con menos turistas y sin la necesidad de sacar más fotos pude quedarme unos minutos en silencio contemplando y dejándome absorber por las sensaciones que causan estos caudales, imaginando que cada uno caía sobre mi llenando de nuevo mi ser.

Empapado y con un poco de frío me encaminé de nuevo hacia el bus. En Puerto Iguazú, de vuelta en Argentina, estaba lloviendo. Fue entonces cuando caí en cuenta de que tal vez esa había sido la última aventura de un par de tenis que llevaba, pues el agua ya se les estaba entrando por la suela. Pero qué importa, si dieron su vida por una grandiosa hazaña y estuvieron en uno de los lugares más maravillosos del mundo.

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