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En una de las aceras de la Avenida de Mayo, entre el 825 y el 829, muy cerca a la Casa Rosada, se encuentra uno de los café con más historia de Buenos Aires. Uno por el cual grandes artistas como Jorge Luis Borges, Benito Quinquela Martin y Alfonsina Storni, pasaban para enriquecer su intelecto acompañados de una buena taza de esa añorada bebida amarga. Asimismo me encontraba yo, sentado en un recinto con más de 150 años de historia en una tarde lluviosa, extraña para Buenos Aires, tomando chocolate en vez de café.

En medio de las grandes columnas del salón y sentado frente al bar, esperando a que se enfriara un poco mi deliciosa bebida, empecé a observar las distintas obras de arte que se exhiben en el lugar, como el legado de muchos que pasaron por allí. Poemas manuscritos, los bustos de Juan de Dios Filiberto, acompaño por el de Borgues y el de Quinquela; un perfil de Alfonsina, y cerca a la entrada el imponente “Terceto en el Tortoni”, una escultura abstracta que muestra a un trío… bailando tango. Por ahí cerca, el Jarrón Tanguero de Luis Perlotti y la cabeza de Carlos Gardel.

En un salón más discreto, que fue nombrado Alfonsina, en honor a esta poetiza, se pueden apreciar casi todos los días shows de tango (por un costo adicional), que adquieren un aura mágica en ese pequeño recinto compuesto de unas 15 mesas y una pequeña tarima donde se da el espectáculo en medio de dibujos hechos a lápiz de los músicos de antaño.

Estar sentado allí es estar sentado en el pasado, mientras los espíritus de tantos artistas se pasean por el lugar… un lugar que antes fue de culto y donde hoy miles de turistas hacen cola para entrar; un lugar que en su bodega dio lugar a la Agrupación de Gente de Artes y Letras que lideró Quinquela, porque como dicen allí “los artistas gastan poco, pero le dan lustre y fama al café…”, y así fue, porque gracias a eso el café sigue después de un siglo. Yo gasté poco, y aunque sé que eso no me hace artista, era lo que había, pues hoy en día es un lugar costoso.

Sentarse en el Tortoni es sentarse en el antaño, en un ambiente Bohemio. Pero aunque el mismo Borges reviva y lo invite a un chocolate y a unos churros, absténgase de pedir los últimos, y disfrute con él solo el delicioso chocolate o una taza de café. Yo le di una segunda oportunidad  a los churros yendo de nuevo y los volví a pedir, pero ambas veces estaban cauchudos y grasosos, por no decir viejos. Le pedí el cambio al mesero quien se disculpó y me explicó que todos estaban igual, así que me trajo medialunas, que quizá fueron las más secas e insípidas que probé en Buenos Aires. Así que aunque se tiente, no pida Facturas (así llaman a ese tipo de panadería), pídase mejor una tabla de quesos, o alguna otra especialidad del lugar, porque lamentablemente estoy seguro que el panadero de hoy no fue el mismo de hace 150 años.

Si quiere probar unas buenas Medialunas,  pruebe en varias cafeterías de Buenos Aires, pues abundan en todos lados y algunas son muy buenas… para mi las más ricas fueron las del Café Tranvía en Santafé y Agüero donde atienden dos señoras dueñas del local que son un amor y que lo endulzan a uno con unas medialunas de una textura y un sabor inigualable. Incluso las de la cafetería al lado de la Universidad de Palermo, en comparación a las del Tortoni, están a otro nivel.

Ojalá este tradicional café se ponga las pilas y recupere esos sabores que desde 1.858 encantaron a Federico García Lorca, a Juana de Ibarburu, y a tantos otros artistas y famosos que han pasado por el lugar. Si quieres saber más de este café visite www.cafetortoni.com.ar

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